El día grande de Jujuy
30/04/2026. Análisis y Reflexiones > Análisis y Reflexiones
Eran tiempos aciagos, una suerte de tormenta perfecta se cernía sobre la suerte de Martín Miguel de Güemes.
Por Abel Cornejo
No ya su vida política, sino su propia integridad física. Se habían coludido el autodenominado presidente de la República del Tucumán, Bernabé Aráoz; la Patria Nueva, facción de un antigüemismo irreductible en Salta; más Manuel Eduardo Arias, antiguo lugarteniente del caudillo gaucho y, para 1821, devenido en tenaz enemigo. Y, si por todo eso fuese poco, a todos ellos se había sumado nada menos que el jefe de las avanzadas realistas de la Quebrada de Humahuaca, el brigadier realista Pedro Antonio Olañeta, con quien mantenían fluida correspondencia con el propósito de ultimar al jefe gaucho.
Güemes ya había sufrido un intento de asesinato por parte de su edecán, Vicente Panana. Él mismo lo tuvo que reducir y quitarle el puñal de la mano. La propia Patria Nueva había tejido entre las sombras otro complot para derribarlo, mientras Güemes libraba la Guerra del Tucumán contra Aráoz, pese a que antes le había enviado embajadores al jefe tucumano en son de paz. En sospechosas derrotas, los gauchos habían sido vencidos en Acequiones y Rincón de Marlopa.
Se avecinaba el final y, tras ello, la suerte de Salta luego de la muerte del caudillo se sumiría en un caos que duró trece años. Concluyó recién en 1834, con el asesinato del gobernador Pablo Latorre, luego de la Batalla de Castañares y la escisión de Jujuy. Mientras Güemes guerreaba en el sur, había sido depuesto como gobernador.
Ya por entonces, Mariano Benítez había develado cuál era la ruta que conduciría al final del héroe gaucho: el camino del despoblado. Benítez fue a verse con Olañeta, acto seguido que, por intercesión de su madre, Magdalena Goyechea, Güemes le perdonara la vida. Por consiguiente, Olañeta esperaba al acecho enviar al “Barbarucho” José María Valdez para que terminara con su existencia. Sin embargo, y como tantas veces ocurrió en la historia, las personas forjadas en principios sólidos, como la lealtad, no claudican. Fue el caso de José Ignacio Gorriti, uno de los númenes de Güemes junto a su hermana Macacha, y además hábil para dar batalla.
Guillermo Marquiegui era cuñado de Olañeta y, a su vez, su primo hermano. Olañeta se había casado con Pepa Marquiegui, hermana de Guillermo y Felipe, una beldad de su tiempo. El otro hermano, Felipe, también batallaba para el bando realista.
Pese a ser el último episodio de la Guerra Gaucha con Güemes vivo y sin haber participado en el combate, el 27 de abril de 1821, luego de varios días de guerrillas y escarceos, Gorriti —que se había internado hasta León, es decir, al principio de las gargantas de la Quebrada— combatió con denuedo e inteligencia y batió totalmente a los godos.
Tal fue la magnitud del desastre realista que los dos hermanos Marquiegui, más el temerario coronel Antonio Vigil, cayeron presos y fueron inmediatamente enviados a la prisión del Cabildo de Jujuy, mientras que Olañeta huyó despavorido hasta llegar a Tupiza.
Fue una ocasión absolutamente desperdiciada. Claramente, no todos respondían a los ideales libertadores de San Martín, a los que Güemes seguía ciegamente. Más allá de que algunos historiadores han tratado infructuosamente de desacreditar la figura de Güemes en Jujuy, su liderazgo era fuerte en dicha ciudad y bravos también sus capitanes, como Manuel Álvarez Prado o Bartolomé de la Corte.
Este episodio pasó a la posteridad como el Día Grande de Jujuy o la Batalla de León. Tiene particularidades dignas de ponerse de resalto. En efecto, Gorriti, una personalidad con un talento superior, prefirió librar batalla de noche y, para ello, mandó a encender los pastizales, creándoles un cerco de humo y fuego a las tropas del Rey, de tal suerte que los soldados realistas no tuviesen salida. La táctica surtió las consecuencias esperadas, pues se generó un desbande, presa del pánico, más una sorpresa tal que, literalmente, los godos fueron cazados por las huestes gauchas, aprovechando cada baja para conminar a que se rindiesen incondicionalmente.
Doscientos soldados españoles perdieron la vida esa noche y cuatrocientos fueron apresados. De no haber sido por los infames traidores a Güemes, ante el horror que causó ese triunfo en los realistas, otro pudo haber sido el destino. Pero esa ya es otra historia.
Fuente de la Información: El Once TV