Don Calixto Gauna: el chasqui de la Revolución
25/02/2026. Análisis y Reflexiones > Análisis y Reflexiones
Últimamente objeto de alguna biografía extremadamente sucinta y edulcorada, don Calixto Ruiz de Gauna fue un patriota notable y cabal, cuya vida debería ser objeto de la enseñanza en la historia regional.
Nació en Salta en 1748, aunque no hay precisión exacta de su año natal. Hijo de don Juan Calixto de Gauna, que fue alguacil mayor del Cabildo de Salta y de doña Josefa Báez. El alguacil mayor que ornaba su vestimenta con una vara, era una suerte de ministro de justicia en el régimen de las casas capitulares españolas. Calixto contrajo a su vez tres veces matrimonio: primero con Manuela Niño, al fallecer ésta, con Manuela Bárcena y finalmente en terceras nupcias con Francisca del Villar y Díaz. Murió el 27 de enero de 1833, a los ochenta y cinco años. Ahora bien, desde joven se dedicó con abnegación a las tareas rurales y tuvo una explotación de mulas en Sumalao lo que le valió ir acrecentando su patrimonio, dado que ese ganado era el medio trasporte por excelencia y sumamente codiciado desde Lima a Buenos Aires.
Durante años desandó el camino real desde Salta a Potosí y las ciudades del sur peruano, particularmente Arequipa vendiendo acémilas. Hasta que en 1793 se radicó definitivamente en Salta en donde instaló una pulpería, sumamente concurrida. En 1800, al igual que su padre, fue nombrado alguacil mayor del Cabildo de Salta, a la par que era una persona que gozaba de prestigio la sociedad salteña. Para organizar la actividad de los locales de venga de bebidas hizo hacer un censo en 1801 y determinó que la ciudad de Salta habían 56 pulperías. Siendo una persona próspera no desatendió los intereses encomendados por el Cabildo y se dedicaba, a la par de sus negocios, al mantenimiento de calles y caminos, al ornato de la ciudad como también a la supervisión de la atención en los hospitales. Era quien tenía a su cargo, asimismo, la ejecución de las sentencias de muerte ordenadas por el gobernador intendente. Durante nueve años permaneció en sus funciones capitulares, es decir hasta 1809.
El 18 de junio de 1810, otros dicen el 19, se conoció en Salta que había estallado la Revolución del 25 de mayo de 1810. Gobernaba por aquel entonces don Nicolás Severo Isasi de Isasmendi, quien gozaba de consenso y a la vez era portador de un fuerte temperamento. Al realizarse el Cabildo Abierto como correspondía llamar ante semejante noticia, Isasmendi se opuso férreamente a que Salta adhiriese a la Revolución, pero la mayoría de la Casa Consistorial estaba a decididamente a favor, lo que llevó a que el mandatario dispusiera enviarlos a prisión. Entre ellos estaba Calixto Gauna. La cárcel estaba en los altos del Cabildo y daba a un pasaje sin salida, que ya no existe. Los detenidos eran todos cabildantes de prez, es decir contaban de honor y alta reputación en el vecindario. Entre ellos estaban José Antonino Fernández Cornejo, el procurador Juan Esteban Tamayo y los cabildantes Mateo Gómez Zorrilla, José de Pricena y Juan Antonio Murúa, y por supuesto Gauna. Dentro del calabozo decidieron que uno de ellos debía fugarse y llevar la adhesión a la recién constituida Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VI, popularmente conocida en la en la historia patria como Primera Junta de Gobierno, que presidía el potosino Cornelio Judas Tadeo de Saavedra. Gauna en ese tiempo tenía sesenta y dos años.
Y fue entonces cuando cinematográficamente a través de una soga hecha con sábanas se descolgó de los muros del Cabildo y a través de un mensaje que le habían dado a uno de los visitantes al presidio lo esperaba un caballo ensillado, al cual montó y partió en las sombras de la noche. Tardó exactamente ocho días, cuando en ese tiempo demandaba treinta un viaje entre Salta y buenos Aires. Le quedaron lesiones para el resto de su vida. Y así se convirtió en el famoso chasqui de la Revolución. Retornó a Sala con el primer gobernador designado por la Junta, Feliciano Antonio Chiclana, quien asumió el mando gubernativo en agosto. No conforme con esta proeza, y pese a la diferencia de edad ente ambos, Gauna y Martín Miguel de Güemes trabaron una fuerte amistad, que se tradujo en la fabricación de cañones cortos que fueron determinantes en la Batalla de Suipacha, librada el 7 de noviembre de 1810. Cuando Güemes fue gobernador Calixto Gauna fue una de sus personas de mayor confianza como Alcalde del primer voto en el Cabildo. Ambos fueron claves en el primer triunfo de las armas patriotas después de la Revolución de mayo. Ninguno de los dos fue incluido el parte de guerra dictado por el famoso encargado de la Junta, Juan José Castelli al día siguiente. Pero esa ya es otra historia.
Nació en Salta en 1748, aunque no hay precisión exacta de su año natal. Hijo de don Juan Calixto de Gauna, que fue alguacil mayor del Cabildo de Salta y de doña Josefa Báez. El alguacil mayor que ornaba su vestimenta con una vara, era una suerte de ministro de justicia en el régimen de las casas capitulares españolas. Calixto contrajo a su vez tres veces matrimonio: primero con Manuela Niño, al fallecer ésta, con Manuela Bárcena y finalmente en terceras nupcias con Francisca del Villar y Díaz. Murió el 27 de enero de 1833, a los ochenta y cinco años. Ahora bien, desde joven se dedicó con abnegación a las tareas rurales y tuvo una explotación de mulas en Sumalao lo que le valió ir acrecentando su patrimonio, dado que ese ganado era el medio trasporte por excelencia y sumamente codiciado desde Lima a Buenos Aires.
Durante años desandó el camino real desde Salta a Potosí y las ciudades del sur peruano, particularmente Arequipa vendiendo acémilas. Hasta que en 1793 se radicó definitivamente en Salta en donde instaló una pulpería, sumamente concurrida. En 1800, al igual que su padre, fue nombrado alguacil mayor del Cabildo de Salta, a la par que era una persona que gozaba de prestigio la sociedad salteña. Para organizar la actividad de los locales de venga de bebidas hizo hacer un censo en 1801 y determinó que la ciudad de Salta habían 56 pulperías. Siendo una persona próspera no desatendió los intereses encomendados por el Cabildo y se dedicaba, a la par de sus negocios, al mantenimiento de calles y caminos, al ornato de la ciudad como también a la supervisión de la atención en los hospitales. Era quien tenía a su cargo, asimismo, la ejecución de las sentencias de muerte ordenadas por el gobernador intendente. Durante nueve años permaneció en sus funciones capitulares, es decir hasta 1809.
El 18 de junio de 1810, otros dicen el 19, se conoció en Salta que había estallado la Revolución del 25 de mayo de 1810. Gobernaba por aquel entonces don Nicolás Severo Isasi de Isasmendi, quien gozaba de consenso y a la vez era portador de un fuerte temperamento. Al realizarse el Cabildo Abierto como correspondía llamar ante semejante noticia, Isasmendi se opuso férreamente a que Salta adhiriese a la Revolución, pero la mayoría de la Casa Consistorial estaba a decididamente a favor, lo que llevó a que el mandatario dispusiera enviarlos a prisión. Entre ellos estaba Calixto Gauna. La cárcel estaba en los altos del Cabildo y daba a un pasaje sin salida, que ya no existe. Los detenidos eran todos cabildantes de prez, es decir contaban de honor y alta reputación en el vecindario. Entre ellos estaban José Antonino Fernández Cornejo, el procurador Juan Esteban Tamayo y los cabildantes Mateo Gómez Zorrilla, José de Pricena y Juan Antonio Murúa, y por supuesto Gauna. Dentro del calabozo decidieron que uno de ellos debía fugarse y llevar la adhesión a la recién constituida Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VI, popularmente conocida en la en la historia patria como Primera Junta de Gobierno, que presidía el potosino Cornelio Judas Tadeo de Saavedra. Gauna en ese tiempo tenía sesenta y dos años.
Y fue entonces cuando cinematográficamente a través de una soga hecha con sábanas se descolgó de los muros del Cabildo y a través de un mensaje que le habían dado a uno de los visitantes al presidio lo esperaba un caballo ensillado, al cual montó y partió en las sombras de la noche. Tardó exactamente ocho días, cuando en ese tiempo demandaba treinta un viaje entre Salta y buenos Aires. Le quedaron lesiones para el resto de su vida. Y así se convirtió en el famoso chasqui de la Revolución. Retornó a Sala con el primer gobernador designado por la Junta, Feliciano Antonio Chiclana, quien asumió el mando gubernativo en agosto. No conforme con esta proeza, y pese a la diferencia de edad ente ambos, Gauna y Martín Miguel de Güemes trabaron una fuerte amistad, que se tradujo en la fabricación de cañones cortos que fueron determinantes en la Batalla de Suipacha, librada el 7 de noviembre de 1810. Cuando Güemes fue gobernador Calixto Gauna fue una de sus personas de mayor confianza como Alcalde del primer voto en el Cabildo. Ambos fueron claves en el primer triunfo de las armas patriotas después de la Revolución de mayo. Ninguno de los dos fue incluido el parte de guerra dictado por el famoso encargado de la Junta, Juan José Castelli al día siguiente. Pero esa ya es otra historia.