"La casa está en orden"
02/04/2026. Análisis y Reflexiones > Análisis y Reflexiones
Al finalizar el juicio a las Juntas Militares realizado durante el año 1985, la Cámara Federal que tuvo a su cargo el juzgamiento dictó sentencia. Luego de arduos debates entre los jueces, en el punto 30 del histórico fallo se dispuso someter a juicio
Esto dio lugar a que el más encumbrado de los involucrados que encabezaba la lista a ser indagados era el ex jefe de Institutos Militares, el general Santiago Omar Riveros. El libro la hermandad de los Astronautas, publicado por Editorial Debate en 2023 y escrito por Ricardo Gil Lavedra, unos de los seis jueces que integró el famoso Tribunal, hace un análisis pormenorizado de las consecuencias políticas que esta decisión podría traer aparejada. Es decir la aplicación inmediata del punto 30 de la sentencia dictada el 9 de diciembre de 1985. A su vez, Hugo Chumbita escribió el libro Los Carapintadas - Historia de un mal entendido argentino, publicado por editorial Planeta en 1990. De ambos textos se extraen riquísimas conclusiones en cuanto a cuál fue el origen larval del levantamiento carapintada de Semana Santa de 1987.
Cabe recordar que en diciembre de 1986, el Congreso de la Nación sancionaba la ley de Punto Final, mediante la cual se ponía plazos para ejercer la acción penal por hechos vinculados a la represión ilegal. Y, a su vez, en junio de 1987 el Congreso aprobó la ley de Obediencia Debida, que consagra la teoría de que los oficiales de rango inferior y suboficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad que actuaron en la represión ilegal forzados por los mandos superiores, quedaban exentos de responsabilidad. A esto siguieron los indultos del presidente Carlos Saúl Menem de octubre de 1989 y diciembre de 1990; en el medio el levantamiento de Villa de Martelli de 1988 y el nuevo levantamiento del coronel Mohamed Alí Seineldín del 3 de diciembre de 1990. Finalmente en junio de 2005 la Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró la inconstitucionalidad de las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Ahora bien, la Semana Santa de 1987 cayó entre el jueves 16 y el domingo 19 de abril. Los principales protagonistas de ese momento histórico fueron el presidente Raúl Ricardo Alfonsín que tenía sesenta años y el teniente coronel Aldo Rico de cuarenta cuatro. Las edades son importantes de señalar por el punto de inflexión que se generó a raíz de esa sublevación. Fue la primera vez en que todo el arco político argentino salió públicamente a respaldar a un gobierno constitucional, sin ambages, sin especulaciones. Las fotografías de época son ilustrativas, pues desde el balcón de la Casa Rosada se ve junto al presidente Alfonsín a Antonio Cafiero, principal dirigente de la oposición. Junto a ellos los políticos más destacados de esa época.
Según el libro “Felices Pascuas. Breve historia de los carapintadas” (Planeta), publicado por el periodista Juan Agustín Robledo en 2017 cuando en la Guerra de Malvinas, Aldo Rico, dirigió la Compañía de Comandos 602, formada por unos 45 soldados oficiales y suboficiales, ostentaba el grado de mayor. Su desempeño fue heroico, aunque sus resultados hayan sido difíciles de medir. Tras la guerra, fue destinado a la Brigada de Infantería Mecanizada 10 y al II Cuerpo de Ejército en Rosario, hasta que a fines de 1985 llegó al Regimiento 18 de Infantería con asiento en San Javier, en la provincia de Misiones, donde se encontraba cuando Ernesto Barreiro (“El Nabo”) se negó a declarar, encendiendo la mecha del alzamiento. Siguiendo el plan previsto, Barreiro iba a refugiarse en el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14, a cargo del teniente coronel Luis Polo, en vez de concurrir a los Tribunales. Eso fue lo que le comunicó a Polo en la noche del martes 14, quien probablemente ya estuviera al tanto de la situación: como muchos miembros del grupo carapintada inicial, Polo era parte de la Promoción 94 del Colegio Militar y tenía una relación de amistad con Rico. El regimiento que Polo comandaba estaba ubicado sobre la ruta E 55, camino a La Calera, rodeado de guarniciones militares. Era ideal para garantizar las condiciones de seguridad para resistir.
Todo indica - dice Robledo en su relato - que los carapintadas nunca tuvieron el plan de efectuar un solo disparo contra sus camaradas y confiaban en que tampoco serían reprimidos. Pero necesitaban refugiarse en destacamentos que no estuvieran en medio de núcleos urbanos para evitar grandes concentraciones de manifestantes en sus alrededores, algo que sabían que el Gobierno iba a alentar. Polo le comunicó la decisión de Barreiro al jefe del II Cuerpo de Ejército, el general Antonio Fichera, y viajó a Buenos Aires para informarle personalmente al jefe del Estado Mayor General del Ejército la situación. El miércoles 15 de abril, a las 16:30, se cumplió el plazo para la presentación de Barreiro, quien desoyó los pedidos de sus superiores y se quedó “asilado” en el regimiento. La Cámara Federal de Córdoba lo declaró en rebeldía y, a la noche, el Ejército dispuso su baja del servicio activo, siguiendo las instrucciones que había dado el presidente Raúl Alfonsín a fines de febrero.
Nunca quedó claro el nivel de verosimilitud o de magnitud con la que el jefe del Estado mayor del Ejército general Héctor Ríos Ereñú y el propio Fichera informaron a Alfonsín sobre lo que estaba sucediendo, lo cierto es que el en la máxima tensión, desde que Barreiro se insubordinó a la citación judicial hasta que el presidente voló en helicóptero a Campo de Mayo a parlamentar con los insurrectos, transcurrieron interminables cien horas que tuvieron en vilo a la sociedad argentina. También debe señalarse que jamás trascendió con exactitud como discurrió el dialogo entre Alfonsín y Rico. Máxime cuando uno de los dos protagonistas ya no está entre nosotros. El resultado fue sin duda una negociación en que analizada casi cuarenta años más tarde, aparece como una concesión a determinados planteos castrenses, pero que no obstaculizaron finalmente la continuidad del gobierno elegido por el pueblo. El general Ríos Ereñú fue relevado el 22 de abril de 1987. Tres días después del alzamiento. Concluido ese diálogo y depuesta la actitud indócil de los sublevados, Alfonsín volvió en el helicóptero y salió al balcón, lanzando una frase que se hizo famosa para los tiempos: “la casa está en orden, Felices Pascuas”. Eran las 18.15 horas del domingo 19 de abril de 1987. Pero esa ya es otra historia.