Federico Mena-Martínez Castro presentó el libro Los hechizos de Shaitán y otros relatos en la Casa de la Cultura
09/08/2026. Noticias de Interés > Noticias de Salta
La intervención de Abel Cornejo estuvo marcada por la cercanía y por la valoración de una obra construida sobre un profundo conocimiento del pasado regional y su profunda admiración hacia el autor del libro.
Una noche para celebrar las historias que se resisten al olvido.
SALTA- (Por Julio Casanova para Voces Criticas) Los hechizos de Shaitán y otros relatos reúne mundos atravesados por la historia, la memoria, el destino y las pasiones humanas. Entre personajes de distintas épocas, atmósferas de profunda intensidad poética y episodios en los que realidad e imaginación se rozan, Ricardo Federico Mena-Martínez Castro construye una narrativa de fuerte identidad, sostenida por un extraordinario dominio del lenguaje y por una vida entera dedicada a investigar, preservar y contar la historia del norte argentino.
Hay libros que comienzan mucho antes de la primera página.
Comienzan en una historia escuchada durante la infancia, en un apellido que atravesó generaciones, en una calle cuyo nombre despierta una pregunta, en antiguas voces familiares, en personajes que alguna vez existieron o quizá pudieron haber existido. Comienzan, muchas veces, en esa necesidad inexplicable de preservar algo antes de que el tiempo termine de llevárselo.
Algo de todo eso estuvo presente en el Teatro Provincial de Salta durante la presentación de Los hechizos de Shaitán y otros relatos, la nueva obra de Ricardo Federico Mena-Martínez Castro.
La convocatoria tuvo el clima de los grandes acontecimientos afectivos. A sala repleta, no se trató solamente de acompañar la llegada de un nuevo título del escritor, sino que para muchos de los presentes significó encontrarse con una vida dedicada a investigar, escribir, recordar y convertir en palabras aquello que parecía condenado a permanecer únicamente en la memoria.
Una tarde de literatura, historia, música y amistad se sucedieron sobre el escenario. Y en el centro de todo estaba un libro. Pero, sobre todo, estaban sus historias. Un libro donde el tiempo pierde sus fronteras.
Los hechizos de Shaitán y otros relatos propone desde su título una primera intriga. Detrás de ese nombre se abre una serie de narraciones en las que diferentes tiempos, lugares y personajes aparecen unidos por algo que no siempre puede verse, pero sí sentirse: la presencia del destino, las decisiones capaces de modificar una existencia, los deseos, los afectos y aquellos interrogantes que acompañan al ser humano aunque cambien los siglos.
La obra transita escenarios diversos y permite que acontecimientos históricos, imaginación, recuerdos y sentimientos formen parte de un mismo universo.
Sus personajes enfrentan momentos decisivos. A veces parece que el camino estuviera trazado de antemano; otras, que una elección pudiera alterar para siempre aquello que parecía inevitable.
Y allí surge una de las particularidades de la escritura de Mena-Martínez Castro.
El pasado no aparece presentado como una pieza inmóvil que deba ser contemplada desde lejos. Sus personajes sienten, aman, temen, desean, dudan y sufren. La distancia de los años desaparece porque las emociones que los atraviesan siguen perteneciendo al presente.
Hay también en el libro una marcada búsqueda estética. La realidad puede adquirir por momentos una dimensión misteriosa y casi soñada, pero sin desprenderse de lo reconociblemente humano. La poesía se filtra en la narración y las imágenes adquieren un peso propio. Sin embargo, aun en sus pasajes más simbólicos, permanece una profunda sensibilidad hacia las criaturas que habitan los relatos.
Tal vez por eso sus historias pueden leerse también como una indagación acerca de la identidad.
Quiénes fuimos.
Qué heredamos.
Qué elegimos conservar.
Y cuánto de aquellos que nos precedieron continúa viviendo, sin que lo advirtamos, dentro de nosotros.
Una sala atravesada por el afecto y admiración
La presentación estuvo acompañada por la Bodega Federico Mena Saravia, del Alto Valle de Hualfín con sus vinos Viña Centenaria y Ana Vallejo. El catering y la organización estuvieron a cargo de Delia Cornejo y su cálido equipo que estuvieron pendientes de cada detalle.
La tarde-noche comenzó a adquirir una dimensión especialmente personal cuando tomó la palabra Abel Cornejo Castellanos, escritor, exjuez de Corte y amigo de Mena-Martínez Castro.
Su intervención estuvo marcada por la cercanía y por la valoración de una obra construida sobre un profundo conocimiento del pasado regional y su profunda admiración hacia el autor del libro.
Cornejo destacó especialmente la capacidad del escritor para recuperar episodios, ambientes y personajes del norte argentino y transformarlos en materia narrativa. También expresó su deseo de volver a encontrar ese mundo en futuras publicaciones del autor.
Pero uno de los instantes que más llegó al público tuvo poco que ver con los análisis literarios. Fue un recuerdo.
La evocación de Josué Escudero, amigo de ambos que ya no está, devolvió por algunos minutos a la sala una presencia querida. Hubo sonrisas, emoción y un aplauso diferente a los demás, de esos que parecen estar dirigidos también hacia alguien ausente.
Quizás pocas cosas expliquen mejor el sentido de la memoria que ese momento.

Liliana Bellone: cuando la historia vuelve a respirar
La reconocida y premiada escritora, académica Liliana Bellone acercó otra mirada sobre la obra.
Su lectura permitió situar el libro dentro de una tradición narrativa latinoamericana en la que los acontecimientos del pasado no funcionan simplemente como una sucesión de fechas o episodios, sino como un territorio desde el cual comprender quiénes somos.
La historia, cuando ingresa a la literatura, cambia de naturaleza.
Ya no habla únicamente de quienes protagonizaron acontecimientos trascendentes. También puede revelar la intimidad de una época, aquello que una familia recordó, lo que una generación calló, las creencias que sobrevivieron y las pequeñas historias que rara vez ingresan en los documentos oficiales.
En ese punto, la literatura cumple otra función: rescata aquello que las cronologías no alcanzan a conservar.
Bellone destacó precisamente esa dimensión de Los hechizos de Shaitán y otros relatos: la capacidad de partir del pasado sin quedar atrapado en él.
Su valoración de la escritura de Mena-Martínez Castro no es nueva.
Al referirse años atrás a La Casa Blanca de Anguinán, había señalado:
“. Paso a paso Ricardo Federico Mena teje los vericuetos de la historia social y los fantasmas, en una extraordinaria ambientación de época y lenguaje, en un magnífico trabajo arqueológico de las costumbres y la vida privada, de la anécdota y de la leyenda, pero por sobre todo la escritura le permite exhumar y poner a la luz el centelleante prisma, de un real, que va más allá de las apariencias y de los cinco sentidos (.).”
Y al escribir sobre Testamento Secreto, volvió a detenerse en una característica que atraviesa.buena parte de su producción:
“R. Federico Mena – Martínez Castro, escucha, plasma y transmite el bagaje de una tradición, a través de un deslumbrante manejo del idioma. Situaciones, descripciones, y monólogos, configuran el perfil material de estos relatos, que inscriben en el texto, la sombra de los recuerdos, las leyendas, los fantasmas, las lecturas de un hombre, de una generación, de una sociedad (.)”
Es difícil encontrar una síntesis más ajustada para comprender uno de los ejes constantes de su obra: la escritura como puente entre aquello que ocurrió y aquello que todavía permanece vivo en la memoria.
Lila José: el hechizo está en la palabra
La intervención de la destacada filósofa, poeta y escritora Lila José fue una de las más encendidas y admirativas de la noche.
Su lectura se apartó deliberadamente de una exposición académica convencional para detenerse en aquello que, a su juicio, distingue especialmente la escritura de Federico Mena-Martínez Castro: el extraordinario dominio de la palabra.
El propio título de la obra le permitió comenzar desde un recuerdo personal. Explicó que la palabra Shaitán la llevaba hasta su infancia y a sus abuelos sirios, que la utilizaban para aludir a personas díscolas.
Desde allí avanzó hacia la significación del término y construyó una idea que atravesó toda su exposición: en este libro, el verdadero sortilegio no proviene solamente de las situaciones narradas o de sus personajes, sino también de la manera en que el escritor utiliza el lenguaje.
Y fue especialmente enfática al hablar de ese aspecto.
José destacó que Mena-Martínez Castro posee un vocabulario extraordinariamente amplio y confesó, con admiración y humor, que su riqueza léxica llegó a mantenerla “con el diccionario en la mano”.
Lejos de presentarlo como una dificultad, convirtió ese comentario en uno de los mayores elogios posibles para un escritor: el reconocimiento a un autor que conoce profundamente su idioma y que se atreve a explorar todas sus posibilidades.
A partir de allí recordó la reflexión de Wittgenstein según la cual “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, vinculando la amplitud verbal de Federico con una manera igualmente amplia de mirar, comprender y representar la realidad.
Pero su valoración fue todavía más lejos.
Para Lila José, Los hechizos de Shaitán y otros relatos no debería considerarse únicamente un conjunto de cuentos.
Su escritura posee tal intensidad estética que puede ser leída también como poesía en prosa.
Desde su mirada filosófica y literaria, explicó que lo poético no depende necesariamente de la métrica o de la rima. La poesía puede existir dentro de una narración cuando la palabra adquiere intensidad, cuando existe una determinada forma de contemplar el mundo y cuando el lenguaje es capaz de sostener belleza por sí mismo.
Y precisamente allí situó una de las mayores virtudes de Mena-Martínez Castro.
José analizó algunos de los recursos que emplea y destacó especialmente sus metáforas, sus imágenes cromáticas, el oxímoron y la precisión de su adjetivación.
No habló de ellos como simples ornamentaciones. Los señaló como herramientas mediante las cuales el escritor convierte una escena en una experiencia sensorial.
Entre los ejemplos recuperó expresiones como “piélagos marrones abrazados a los esmaltes verdes” y los pájaros que “rayaron los cobaltos del cielo”.
Federico no se limita, entonces, a describir un paisaje.
Lo pinta con palabras.
Le otorga luz, textura y movimiento.
La misma potencia aparece cuando se interna en las emociones. Lila José destacó aquellas miradas que “cavaban el aire como dos lunas calientes” o la conmovedora imagen de un personaje a quien “le habían atado ya las manos del corazón”.
También se detuvo en la capacidad del autor para unir conceptos aparentemente contradictorios mediante el oxímoron, recurso que permite alcanzar aquello que el lenguaje ordinario muchas veces no consigue explicar.
Una voz puede sentirse como “un látigo de plumas”.
Una emoción puede ser la experiencia de sentirse “abrazado en la hoguera de aquellas lunas penetrantes”.
Para José, esa combinación de conceptos muestra a un escritor que no se conforma con la descripción literal, sino que busca provocar sensaciones.
Acaso uno de los elogios más significativos de toda su exposición apareció cuando habló de los adjetivos.
Definió a Ricardo Federico como un escritor capaz de encontrar el término exacto y señaló que en sus textos el adjetivo jamás funciona como un elemento de relleno.
Expresiones como “palomas vehementes”, “manos ingrávidas”, “labios urgentes e invitantes”, una “pasión amablemente contenida” o un “amor presentido, inexorable”, constituyeron para ella ejemplos de una escritura en la que cada palabra contribuye a otorgar a la frase densidad psicológica y una particular “temperatura emocional”.
Su exposición fue convirtiéndose así en un reconocimiento abierto hacia el autor.
Lila José habló de Federico Mena-Martínez Castro como un escritor “indomable —inquieto, culto, de una inteligencia y creatividad inagotables—”.
Y recordó algo que solía decir acerca de él: que “escribe como los dioses”.
Frente al título de esta nueva obra, jugó con aquella expresión y planteó ahora la posibilidad de que escribiera como un Shaitán.
Su conclusión encerraba, en realidad, todo el sentido de su intervención: el verdadero hechizo del libro se encuentra en su capacidad para seducir al lector a través de una red verbal construida con enorme riqueza y precisión.
La pregunta quedó flotando al final:
¿Escribe el Gringo como los dioses o como un Shaitán?
Cada lector tendrá su respuesta.
Pero el homenaje contenido en esas palabras resultó inequívoco.
Para Lila José, Federico Mena-Martínez Castro pertenece a esa clase de escritores que no solamente cuentan una historia: hacen que el lenguaje se convierta también en protagonista.
Cuando llegó el momento del autor
Después de escuchar las distintas interpretaciones de su obra, llegó la voz que todos esperaban. La del propio escritor.
Ricardo Federico Mena-Martínez Castro eligió hablar desde un lugar profundamente personal.
Agradeció a quienes habían recorrido con él el extenso proceso que supone escribir un libro y tuvo palabras especialmente sentidas para su familia, para sus hijos y para su esposa, Teresa Saravia Leguizamón.
Detrás de cada obra publicada existe una historia que el lector nunca llega a conocer por completo.
Son años de lecturas.
Papeles.
Correcciones.
Investigaciones.
Dudas.
Páginas descartadas.
Personas que escucharon hablar innumerables veces sobre un personaje que todavía no existía para nadie más.
Y también están quienes acompañan todo ese proceso desde el silencio cotidiano.
Por eso sus agradecimientos fueron mucho más que una formalidad.
Federico habló también de aquello que atraviesa su libro: el amor, la memoria, el deseo y esa necesidad tan humana de conservar aquello que sentimos amenazado por el paso de los años.
Fue quizá entonces cuando la presentación encontró su dimensión más profunda.
Porque detrás de la ficción apareció una pregunta que ha acompañado a los hombres desde siempre: ¿qué hacemos con aquello que no queremos perder?
Algunos conservan fotografías.
Otros transmiten historias.
Otros reconstruyen árboles familiares.
Otros componen canciones.
Y algunos escriben.
Sobre el autor
De Tucumán a Salta: una vida entre la ciencia, la historia y las letras
La figura del Dr. Ricardo Federico Mena y Martínez Castro difícilmente pueda reducirse únicamente a su producción literaria.
Nacido en San Miguel de Tucumán, es odontólogo y reside en la ciudad de Salta desde 1966. Dentro de su actividad profesional llevó adelante investigaciones clínicas en pacientes diabéticos y vinculadas con otras enfermedades, cuyos resultados fueron publicados en revistas especializadas.
Pero junto a la ciencia fue creciendo, durante toda su vida, otra vocación: la literatura y la investigación histórica.
Federico Mena, pertenece a una antigua familia de escritores, poetas e historiadores que, habiendo degustado ellos mismos sus placeres, supieron transmitirlos mansamente y con alegría, a quienes continuarían transitando los intrincados caminos de este mundo.
En esa pertenencia familiar puede encontrarse quizá una de las raíces de una obra atravesada constantemente por la memoria, las genealogías, las antiguas tradiciones, la historia regional y los relatos transmitidos de generación en generación.
Fue director del suplemento cultural del diario El Intransigente, desde donde publicó alrededor de un centenar de artículos. Aquel intenso trabajo fue también el origen de Las calles de Salta, sus nombres y sus historias, proyecto dedicado a reconstruir el pasado oculto detrás de nombres que los salteños pronuncian diariamente.
Publicó además dos libros de poemas en formato digital, novelas, relatos y numerosos trabajos de investigación histórica y genealógica.
Su producción poética apareció también en diferentes medios gráficos del noroeste argentino y publicó plaquetas que reúnen parte de sus obras más recientes.
El escritor Edmundo del Cerro, en el prólogo de su libro de poemas Senderos de la Memoria, trazó una semblanza especialmente profunda de su escritura:
"En los veintisiete poemas, el autor recorre un mundo acorde a una postura debida, que a su vez es consecuente con su búsqueda estética, solidaria a su léxico, para un desarrollo sintáctico clásico, sin desbordes y sin desmesuras.
Sin decirlo, en cuatrocientos años, el mismo apellido, recorrió los viejos caminos del Virreinato del Río de la Plata, en el Tucumán de la Conquista y de la Colonia, plasmando tradiciones tejidas con temas ancestrales, básicos de una forma de vida."
Y añadía:
"La herencia de don Juan de Mena, encomendero del Aconquija, allá por mediados del mil quinientos, nace, ronda las esencias por donde las tradiciones y las leyendas toman envergadura y un real protagonismo, en el espíritu de este otro Mena."
Para concluir:
"(.) El espíritu libre que engalana el autor, está más allá de las normas y de los encasillamientos, desplegados en la enjundia y la honorabilidad con que expresa sus sentires".
La Casa Blanca de Anguinán: una obra premiada
Uno de los hitos fundamentales de su carrera literaria llegó en el año 2000, cuando La Casa Blanca de Anguinán obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela.
El dictamen del jurado destacó expresamente:
"…la originalidad de la elección de un tema de historia regional, con una sólida construcción de la época colonial. El entramado de lo histórico, con motivos de origen legendario, crea una atmósfera que lo aleja de la rigidez temporal y la acerca al ámbito mágico".
Y agregó:
"(.) Los aspectos mencionados posibilitan una lectura, en la que no decae el interés".
La valoración resulta particularmente reveladora porque anticipa características que volverían a reconocerse en sus trabajos posteriores: la capacidad de tomar materiales históricos rigurosamente investigados y llevarlos hacia un territorio narrativo donde lo legendario, lo misterioso y lo humano conviven.
Seis años más tarde, en 2006, el escritor, investigador y odontólogo tucumano Dr. Ricardo Federico Mena y Martínez Castro recibió el beneficio y Reconocimiento al Mérito Artístico de la Provincia de Salta, una distinción que reconoció su aporte a la cultura y a las letras.
Una extensa obra historiográfica y genealógica
La literatura constituye solamente una de las vertientes de su producción.
En materia histórica y genealógica, Mena-Martínez Castro desarrolló una extensa tarea de investigación.
Entre algunos de sus trabajos se encuentran:
“Capellanías del Valle Calchaquí Catamarqueño”; “Religiosidad en valle Calchaquí: San Fernando, Hualfín, Santa María - sus historias”; “Semblanza de don Manuel Lizondo Borda”; “El Himno Nacional Argentino”; “La Bandera Argentina”; “Prolegómenos de la Batalla de Salta”; “La Batalla del 24 de Septiembre en Tucumán”; “Historia de la Gobernación de Los Andes”; “Historia de Santa María de los Ángeles del Yokavil - Entronque de MENA y Méndez-Cortés y Arias Velásquez”; “El Mayorazgo de Hualfín - Sus antecedentes”; “Esclavitud en la Región Calchaquina”; “Urquiza, un día en San José”; “Las Diez y Una”, entre otros trabajos.
Su trabajo Historia genealógica de los propietarios del valle de Hualfín en Catamarca fue publicado en 1974 por la Revista de Estudios Históricos y Genealógicos de Buenos Aires y reconstruye, después de una minuciosa investigación, la sucesión de los antiguos propietarios de esas tierras hasta tiempos contemporáneos.
Entre sus proyectos figura también Los Mena en el antiguo Tucumán desde 1570, realizado junto a su hija Carolina Mena Saravia, otra investigación directamente vinculada con una de sus mayores pasiones intelectuales: reconstruir las huellas que las generaciones anteriores dejaron en la historia.
Ha ofrecido asimismo conferencias, participado en ponencias realizadas en la región, y ha prologado y presentado libros de distintos escritores del medio, sumando a su propia producción una permanente participación en la vida cultural.
Academias e instituciones
Su dedicación a la investigación histórica y genealógica se refleja también en su pertenencia a numerosas instituciones.
Integra distintas entidades historiográficas, entre ellas el Instituto Belgraniano, el Instituto Güemesiano, el Instituto San Felipe y Santiago y el Instituto Sanmartiniano.
Es asimismo miembro fundador del Instituto de Investigaciones Genealógicas de Salta, donde ocupa el sitial académico Dr. Lizondo Borda.
Pertenece también al Grupo de Genealogistas de Buenos Aires Gens Nostra y al Centro Genealógico de Tucumán.
De acuerdo con su trayectoria institucional, es además miembro correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán y ha desarrollado una sostenida actividad dentro de los ámbitos dedicados a conservar, investigar y difundir la historia regional.
Poesía, narrativa y canciones
Su nombre forma parte de Poetas salteños en el Congreso Nacional 1997-2022, con selección y prólogo del poeta Eduardo Ceballos, y también de la recopilación Cuatro Siglos de Literatura Salteña, 1982-2007, de la Secretaría de Cultura de Salta.
Como poeta y narrador recibió primeros premios tanto en el orden provincial como nacional, y uno de sus trabajos llegó a ser seleccionado para una publicación internacional.
Pero su vínculo con la creación artística se extiende también al cancionero popular.
En ese terreno recibió primeros premios en el ámbito local y obtuvo, en dos oportunidades, reconocimientos por canciones destacadas en el Concurso Nacional de la Zamba, con musicalización de Roberto Juri.
Junto a Juri recibió además dos premios nacionales vinculados con la canción folklórica inédita, desarrollando una faceta artística en la que literatura y música vuelven a encontrarse.
En Buenos Aires obtuvo también un primer premio especial en un concurso literario para autores de todo el país por su relato La conversación de las momias.
Una trayectoria extensa, diversa y sostenida en el tiempo que reúne literatura, poesía, investigación histórica, genealogía, música, periodismo cultural, actividad académica y ciencia.
La música para despedir una noche inolvidable
El cierre de la presentación encontró una forma distinta de decir aquello que durante horas se había expresado con palabras.
Laura Serrano y Marcelo Mena interpretaron composiciones escritas por el propio Federico Mena-Martínez Castro.
Después de los relatos, los análisis, los recuerdos y los agradecimientos, apareció la música.
Y fue difícil imaginar un desenlace más apropiado.
Porque esa noche había comenzado alrededor de un libro, pero había terminado convirtiéndose en algo bastante más amplio: una celebración de la creación, de los afectos y de todas las formas posibles de preservar una historia.

El hechizo que permanece
Hay biografías que pueden contarse enumerando libros.
Otras, recordando premios.
También pueden mencionarse instituciones, investigaciones, distinciones, publicaciones y reconocimientos.
En la vida de Ricardo Federico Mena-Martínez Castro hay material suficiente para todas esas enumeraciones.
Pero probablemente ninguna alcance para explicar por completo por qué alguien dedica tantos años a buscar documentos, reconstruir genealogías, imaginar personajes, escribir poemas, investigar antiguas historias, rescatar leyendas y volver una y otra vez hacia aquello que el tiempo amenaza con borrar.
Quizás la respuesta esté justamente allí.
En una necesidad de permanencia.
En esa obstinación por regresar al pasado para escuchar lo que todavía tiene para decirnos.
En devolverles voz a personas que ya no pueden hablar.
En rescatar una historia antes de que desaparezca.
En hacer de los recuerdos una forma de literatura.
Y quizá por eso Los hechizos de Shaitán y otros relatos no podría separarse fácilmente de la trayectoria de su autor.
Porque detrás de sus personajes aparece un hombre que lleva décadas interrogando el pasado.
Un hombre que ha transitado archivos y genealogías, poesía e historia, canciones y novelas.
Un escritor que recibió reconocimientos y distinciones, pero que continúa haciendo aquello que probablemente haya hecho siempre: observar, recordar, investigar y escribir.
Llegará un momento en que aquella sala del Teatro Provincial vuelva a ser ocupada por otros acontecimientos.
Las conversaciones de esa noche pertenecerán al recuerdo.
Los aplausos habrán desaparecido en el silencio.
Incluso las fotografías comenzarán lentamente a transformarse en documentos de otro tiempo.
Pero quedará el libro.
Y mientras alguien vuelva a abrirlo, todos esos mundos despertarán otra vez.
Sus personajes caminarán nuevamente por casas y paisajes.
Amarán.
Dudarán.
Recordarán.
Se enfrentarán a aquello que parecía escrito por el destino.
Y las palabras volverán a hacer aquello que Abel Cornejo, Lila José, y Liliana Bellone percibieron con tanta claridad durante su lectura: hechizar.
Tal vez ése sea el privilegio secreto del escritor.
Conseguir que aquello que el tiempo se empeña en llevarse encuentre, entre las páginas de un libro, una manera de quedarse.
Fuente de la Información: Voces Críticas