Choque de pericias en el juicio por el femicidio de Kvedaras
18/04/2026. Noticias sobre Justicia > Noticias de Salta
La defensa intentó instalar la "emoción violenta" y la Fiscalía marcó que comprendía y dirigía sus acciones. En una audiencia marcada por fuertes cruces, los peritos psiquiátricos expusieron miradas opuestas .
En medio de cruces constantes, objeciones y repreguntas, el juicio por el femicidio de Mercedes Kvedaras volvió a tensarse sobre un punto decisivo: qué pasaba por la mente de José Eduardo Figueroa al momento del hecho. Con peritos enfrentados y conclusiones opuestas, la defensa intentó instalar la hipótesis de un desborde emocional, mientras la Fiscalía la confrontó esa postura, sino también marcó los límites entre lo clínico y lo jurídico.
La médica psiquiatra Gabriela Moyano, del Cuerpo de Investigaciones Fiscales (CIF), explicó que la evaluación se realizó durante tres días 25, 26 y 27 de septiembre de 2023 junto a peritos de parte, aunque cada profesional elaboró su propio informe y no arribaron a las mismas conclusiones.
Indicó que el imputado, esposo de la víctima, refirió antecedentes de atención en salud mental, con tratamiento psicológico y posterior derivación psiquiátrica durante la pandemia por insomnio, con medicación, aunque discontinuado sin alta.
Sobre el hecho, señaló que, según su relato, el 4 de agosto de 2023 se produjo una "discusión" con la víctima que derivó en un forcejeo.
En la evaluación clínica, describió a Figueroa como "deambulando, vigil, acicalado y ubicado en tiempo, espacio y persona", con discurso coherente pero escueto, selectivo y con tendencia a retacear información. Señaló indiferencia afectiva, respuestas evasivas e inconsistencias, aunque sin pérdida del hilo conductor.
Afirmó que presentaba juicio, memoria y atención conservados, sin alucinaciones ni signos de psicosis, con inteligencia acorde a su nivel. Lo definió también con una personalidad de tipo neurótica, con rasgos obsesivos y narcisistas, vinculados a una marcada necesidad de control y manejo de la información.
La perito del CIF sostuvo que Figueroa tenía juicio, memoria y que comprendía y dirigía sus acciones. El perito de la defensa planteó estrés postraumático y un desborde emocional.
Indicó además ausencia de angustia, lo que describió como una "anestesia emocional", y la presencia de defensas aloplásticas: "Cuando una persona debe enfrentar una situación y no lo puede hacer y deposita la culpa en el otro".
Señaló una aparente dificultad en el manejo de los impulsos, aunque fue categórica en sus conclusiones: "Neuropsiquiátricamente está compensado. Sus capacidades judicativas estaban. No había indicios de patologías. No se hallan componentes psiquiátricos de peligrosidad ni para sí ni para terceros".
Sostuvo que el imputado tenía conciencia de sus actos y podía dirigir sus acciones. En ese marco, afirmó que "conocía, entendía y comprendía el hecho que estaba realizando".
Durante el interrogatorio, confirmó que el propio Figueroa expresó: "la quería hacer cagar" (en relación a la víctima). También precisó que la indiferencia afectiva fue sostenida durante toda la evaluación, con un discurso monocorde y sin reacción emocional.
Ratificó que el imputado retaceaba información y reiteró los rasgos obsesivos vinculados al control, incluso en su vida cotidiana, con tendencia a centralizar responsabilidades. Señaló que estos rasgos también surgieron en el vínculo con la víctima, aunque no fueron consignados en el informe.
Consultada sobre imputabilidad, aclaró que su rol es técnico y no jurídico. También indicó que, si bien hubo intercambio entre peritos, no se unificaron criterios. Detalló que el imputado se encontraba bajo medicación psiquiátrica. Finalmente, señaló que no lo vio llorar durante las entrevistas, salvo un quiebre al hablar de sus hijos, que no fue consignado en el informe.
"Un discurso plano"
En su declaración, el médico psiquiatra Gustavo Vacaflores, perito de parte por la querella, describió al imputado como "lúcido, vigil, orientado en tiempo y espacio, con conciencia de estar siendo peritado", aunque cansado, con insomnio, hiponimia, reducción de la gestualidad, y un discurso plano, reservado y sobrecontrolado. Indicó que tendía a omitir información vinculada al hecho, lo que se evidenciaba en respuestas parciales y selectivas durante la entrevista.
En relación a la dinámica de pareja, señaló la presencia de disfunciones vinculares atravesadas por episodios de infidelidad, uno de ellos descubierto a través de un teléfono celular, que derivó en una separación transitoria en la que el imputado se retiró al domicilio de su madre. Indicó además que la relación estuvo marcada por idas y vueltas.
Sobre el día del hecho, sostuvo que habría sido una jornada "atípica", en la que el imputado tomó conocimiento de una nueva infidelidad, en un contexto de desinterés y pérdida de implicación afectiva por parte de su pareja.
En cuanto a su perfil, describió rasgos obsesivos vinculados al perfeccionismo, el sobrecontrol y la necesidad de organización, junto a rasgos dependientes asociados a la necesidad de validación externa. Señaló que tendía a centralizar responsabilidades tanto en el ámbito familiar como laboral, ocupándose directamente de las actividades de sus hijos y del funcionamiento del hogar. En ese marco, interpretó que la ruptura del proyecto familiar tuvo un impacto significativo en su estructura emocional.
Señaló que, en general, mantenía escasa expresión emocional, aunque identificó momentos puntuales de afectividad: "hay dos momentos de congruencia afectiva: cuando refiere que extraña el mate y sonríe, y cuando habla de sus tres hijos, que lo estaban esperando hasta que pase lo malo".
Agregó que en ese contexto el imputado expresó: "Tengo que asumir la responsabilidad de lo que me toque", momento en el que evidenció angustia y llegó a llorar.
Respecto a la imputabilidad, aclaró que su rol es técnico, aunque sostuvo que el imputado podía comprender la criminalidad del acto y dirigir sus acciones.
Finalmente, señaló que la relación presentaba antecedentes de infidelidad desde 2017 y que no compartía la hipótesis de emoción violenta, al afirmar: "la emoción violenta es una construcción jurídica, en psiquiatría las emociones son emociones".
A su turno, el perito de parte de la defensa, Rubén Navarro, describió al imputado como lúcido, coherente y colaborador durante la evaluación, aunque con signos de sedación por medicación psicotrópica y ciertas dificultades para sostener el relato. Indicó que no presentaba trastornos psiquiátricos evidentes, pero sí un cuadro compatible con estrés postraumático.
Fuente de la Información: El Tribuno
